La superficie de la profundidad: consideraciones entorno a la jovialidad de la ciencia en Nietzsche.
Introducción.
Dentro de lo que representa la llamada fröhliche Wissenchaft habremos de encontrar la no menor impronta de lo que en la filosofía ha de tomarse en serio. Definitivamente en un nuevo enfoque al conocimiento, volteando y girando, rememorando aquel sobresalto del fenómeno estético y su juego expresado En el nacimiento de la tragedia hasta el desliz de las últimas consecuencias en el seguimiento a la crítica de la ciencia en las consideraciones del lenguaje -esto en el prístino ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral-. En todo ello figura el concepto de ‹apariencia›, así como la ‹heroicidad› y su particular afirmación vista en la incorporación de los errores. Aquí trataré sobre como respaldan dichas figuras respecto a las consideraciones de ciencia.
Será importante resaltar el contraste que hay en el planteamiento de la apariencia que hace Nietzsche en el texto Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, el cual se encuentra desde un horizonte guiado por el término “Erkenntnis” para la pregunta por el conocimiento. Dicho término tiene un uso dentro de las aras de una epistemología que se pregunta por la validez y el origen del conocimiento. Al “conocimiento inventado” (das Erkennen erfanden) refiere al principio del tal texto. Es claro que para La ciencia jovial el término “Wissenchaft” tiene un peso mucho mayor, en cuanto se pregunta de hecho por el saber (Wissen) humano, en donde también incumbe no sólo al hombre teórico sino también a la ‹distancia artística›, aquella que sabe del juego metafórico que el lenguaje representa1. Aquí trataré de ello a través de los conceptos de ‹apariencia›, ‹distancia›, así como el ‹héroe› quien afirma la relación de ambas en las consideraciones de la ciencia.
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Al parecer desde los linderos de Sobre verdad y mentira extramoral la única alternativa que se tiene respecto al concepto errado del ‹hombre teórico› es la intuición. No porque desde su medio se llegue a algo más verdadero, sino porque desde ahí el lenguaje está en función desde la metáfora, lo cual implica moverse dentro de un universo mítico y artístico, que desde lo apolíneo es posible expresar con los velos de la bella apariencia.
La génesis del lenguaje no puede estar más allá, por lo que la lógica con la que el filósofo mienta la verdad de la esencia de las cosas se encuentra limitada a un absurdo2: la adecuación del lenguaje respecto a la realidad puede ser olvidada, no obstante, sin ésta adecuación lo único que se puede poner sobre la mesa es la metaforicidad del lenguaje.
Por su puesto, aquí al lenguaje parece estar forzado a la referencia de un “mundo real” al mismo tiempo que se niega. ¿Cómo?, ¿el esfuerzo obtuso del ‹hombre teórico› que cree optar por un conocimiento válido, encuentra su justificación en la utilidad que se le brinda a tal engaño, a pesar de resultar insuficiente?:
“[…] la "percepción justa" -dice Nietzsche- término que significaría la expresión adecuada de un objeto en el sujeto- se me antoja un contrasentido; pues entre dos esferas radicalmente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no media ninguna causalidad, ninguna adecuación, ninguna expresión, sino a lo más un comportamiento estético, quiero decir, un transferir alusivo, un balbuciente traducir a una lengua extraña; para lo cual es menester, en todo caso, una esfera y fuerza mediadora que elabore e invente libremente. El término "apariencia" comporta muchas seducciones, por lo que lo evito en lo posible; pues no es cierto que la esencia de las cosas aparezca en el mundo empírico”3.
Esta precaución al término ‹apariencia› es tal debido al planteamiento del ensayo. Pero ya Nietzsche aquí sospechaba negativamente un motivo para la Wissenchaft: “que la esencia de las cosas aparezca en el mundo empírico” dicha frase será trastocada. Pues “lo activo y lo propiamente viviente, qué burlándose de sí misma llega a serme sentir que aquí no hay más que apariencia”4 (§ 54). Claro que no será ya desde la división radical entre un sujeto y un objeto, teoría y práctica5 el enfoque de La ciencia jovial.
Por otro lado, el nombrar las cosas con y desde la metáfora –desde el planteamiento anterior- no parece hacer mancuerna con la apariencia, no parece incorporarse por completo a lo que “termina siendo parte de la cosa”. Como si las cosas no cambiasen junto con la metáfora; el devenir, en este sentido, le viene incomodo por lo que habría que replantear tanto el nombrar como “las cosas”. Pero, ¿cómo puede suceder este re-planteamiento, afirmando el término de ‹apariencia› estrechamente vinculado con lo que se mienta de las cosas?
Con el término ‹apariencia› se pone en juego la relación sujeto-objeto, pero que al mismo tiempo desemboca en el resaltar de la ‹heroicidad› que hace factible el terreno de la jovialidad, como se verá.
No obstante, en primer lugar, el análisis anterior muestra que habría que erradicar el “algo más allá” de lo que se encarna en el acto de nombrar. Y en segundo lugar, como un acto de nombrar está en todo momento siendo, y por ello es improcedente hablar de una esencia fuera del tiempo. Con ello, ‹apariencia› y ‹devenir› no son términos contrapuesto. Por lo que una pregunta por el origen (intemporal) o por las condiciones idénticas que permiten el conocimiento, sería improcedente con tales consideraciones.
No hay nada que el lenguaje pueda determinar en absoluto como causa adecuada, pero tampoco hay algo que impida comprometer al humano con el objeto, sea para bien o para mal; o en palabras de Nietzsche, ésta es “la conservación de la especie” que necesariamente acompaña todas las acciones “el hombre” a costa de no perecer (§1).
Ya no es sólo un mero “comportamiento estético” el que media, sino “un dramático autoesclarecimiento de la existencia”6. El acto de crear, de nombrar, de comprender, esta remitido irremediablemente a nosotros mismos.
Por eso, sólo como creadores nos es permitido negar la adecuación de una esencia dada, más al mismo tiempo afirmar la fluctuación de aquello que vale como esencia, en nuestro comprender cosa que constituye “el ver un ojo más en el gran ojo” –por usar palabras de La genealogía de la moral-.
La visión del mundo cotidiano lleva consigo la “imperiosa necesidad de ser”; y en el nombrar anidan imágenes que aluden a los resultados de enfrentamientos incesantes -por decirlo así- como olas que llegan al límite con la arena: pues “por lo habitual –afirma Nietzsche- nosotros sólo experimentamos el resultado de la lucha: tan rápido y tan oculto se desarrolla ahora en nosotros este inveterado mecanismo” (§ 111).
En el “nombrar la realidad” no hay admisión a la tiranía de la apariencia por parte del concepto trasnochado. Siempre ha sido un ir y venir infinito donde valen “nuevos nombres, valoraciones y verosimilitudes para crear, a la larga, nuevas cosas” (§ 58). Pero esto no es la violencia de una tiranía, sino la misma noble lucha inmanente.
He aquí lo que hace factible la posibilidad de considerar la Wissenchaft, es ya, un “incorporarse al saber [Wissen] y hacerse instintiva” (§ 11) a la misma conciencia. En este sentido ahora, aquello lo que sea la conciencia, ésta no escapa de la actividad vital de la apariencia.
El lenguaje en su ya no “parecer extraño” no se trata ahora de relacionarlo con un reconocimiento (Erkenntnis) que parta de un intelecto atemporal, sino precisamente de un saber incorporado o lo que es lo mismo: la conciencia ahora también es objeto.
Una conciencia en donde nada más cabria inteligir la realidad desde el rayo y arbitrio de unas condiciones parece hablar de “una ridícula sobrevaloración y malentendido respecto a la conciencia” (§11).
En efecto, después de lo anterior, la procedencia de la cuestión sobre los parámetros (trascendentales o trascendentes) que otorgan validez, en suma, la cuestión sobre el origen del conocimiento es menester transformar; enfocando ya la actualidad donde converge la actividad de la apariencia, en vez de lo abstracta y meramente empírico.
Pues en la medida en que se afirma como ‹apariencia›, al mismo tiempo las consideraciones en las que se mece el mundo, así también sus diferencias tienen que ser afirmadas. El Conformar los múltiples sentidos es lo que está siempre en juego para el filósofo “jovial”. Así mismo, habría que explicarse también el malentendido y la sobrevaloración que los filósofos hacían de la esencia, quienes con ello dejan en claro como la apariencia a sus ojos resultaba infravalorada: sea porque no sabían del arte “bailarín y burlón” que lleva consigo afirmar que en “la apariencia, desde el principio, casi siempre se convierte en esencia y actúa -y ríe añadiría yo- como tal” (§ 58).
Es pues con la figura del límite de la ‹apariencia› que se busca evitar toda confusión que miente una equis no develada; la exigencia es clara: dejar de buscar “algo más allá de las estrellas” –como más tarde se dirá con Zaratustra-. Porque “¡en verdad [la apariencia] no es una máscara muerta que se pueda colocar a una X desconocida y que también pueda quitársele!” (§54).
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Ahora bien, venidos de afirmar un doble carácter, a saber, i) que “la apariencia actúe siempre como esencia” y ii) que, por ello, no haya nada más allá de la apariencia en donde pueda ocultarse una verdad absoluta; ahora en las implicaciones de ambas afirmaciones radica la novedad de la Wissenchaft –por si fuera poco. Una de ellas Nietzsche la expresa en los siguientes términos:
“tan pronto como vemos una nueva imagen, la construimos inmediatamente con la ayuda de todas las experiencias previas que hemos tenido, aunque dependiendo del grado de nuestra honestidad y justicia. No existen en absoluto otras vivencias que las morales, incluso en el ámbito de la percepción sensible.” (§ 114)
Esto no quiere decir otra cosa de lo que ya habíamos mencionado más que el anunciar enfáticamente el terreno donde se juega la “ciencia jovial”: en vivencias morales. Es este un alcance radical, y de choque con lo que alguna vez el mismo Sócrates interpreto por el “conocimiento de sí mismo” de la tradición délfica. El malentendido de esta frase sospechada ya por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia hace notar que tanto tiene que reparase en ello. En efecto, ¿en qué medida remiten las vivencias morales a nosotros mismos?
Las vivencias morales son heterogéneas, no es un objeto abstracto de estudio que se pueda delimitar y hacer homogéneo puesto que, en todo caso, quien delimita está en la misma lucha de fuerzas de las cuales continuamente construyen sus “nuevas imágenes”, nuevos valores. Por eso resalta Nietzsche el carácter absoluto de las vivencias para las cuales no hay elección de prescindir –quizás sí de ignorar-.
Y más sin embargo, a pesar de la aparente “dificultad” que hay en no poder delimitar estrictamente estas vivencias, ello no quiere decir que no se pueda hablar al respecto para llevar a cabo los propósitos de una wissenchaft.
Pues, si entre la creación y consideración de valores hay una afirmación de aquel ‹actuar de la apariencia›, entonces ella se da sólo si hay también cierta resistencia al deseo de certeza, en otras palabras, desde cierta ‹distancia› se descubre que entre la medida de lo que se considera como “bueno”, “malvado”, “esto”, “aquello”, “la balanza está desequilibrada por más evidente que nos parezca (§2).
No obstante, esta distancia no debe tomarse como una contemplación atemporal y desinteresada, todo lo contrario, una vez más, es sobre el ‹actuar de la apariencia› que se devela el absoluto engaño. Y precisamente es esto lo que se presenta con el héroe:
“El grado de honestidad y justicia” (§114) de Edipo fue lo que construyó su destino trágico, en la medida en que éste llevando a cabo sus acciones por medio de sus valoraciones y decisiones: “Pero ninguna otra mano, -así exclama Edipo- ninguna otra, sino mía, ha reventado mis ojos, ¡desdichado de mí!”7. La distancia se encuentra dentro de cada una de sus acciones en donde en todo momento va construyendo en un hilar su destino, del que el vendaval del tiempo arrasa a Edipo y solo los dioses lo pueden cantar porque no están en el tiempo, más los dioses pertenecen a ese “Olimpo de las apariencias del hombre” -como se refiere Nietzsche a ello.
La desgracia que aflige a Edipo, eso de matar a su padre y cometer incesto con su madre aún evitándolo, no son mero accidentes causadas por la maldición de un dios, sino que ahí se expresa simbólicamente la ambigüedad y contradicción de la existencia. Que necesita ser esclarecida. Es ello un drama de la existencia.
Justo por ello, sin embargo, no habría que remitir a la culpa, puesto que se sabe de la posibilidad de esta ‹distancia› esclarecedora. La cual, por otro lado, implica saber cómo y qué tan “desequilibrada” (§2) está la balanza de las consideraciones de “esto” o “aquello” que se cree tener como evidente y fijo. Esto es hacer que “el error se incorpore”. Un saber siempre renovado, vivo, y todo un arte de resistir para no sucumbir ante la pereza del hombre y su anhelo de un segundo mundo, por no saber del tiempo. Esta “conciencia intelectual” va de la mano con la fröhliche Wissenchaft.
El ejemplo del héroe no es para menos, pues es éste quien afirmando la actividad de la apariencia va creando valoraciones, y con ella afirmando el desgarro y aura de las vivencias morales. Aquella resistencia es más que un mero escepticismo, es también, por contra, incorporar la distancia, una distancia que siempre está siendo adentro.
Que las grandezas y los objetos quieren ser vistos desde una cierta distancia, es la exigencia de llevar el “ideal de nosotros mismos” (§107). Ahí se condensan las vivencias morales como la única tierra donde lo ‹heroico› se despliega, sus acciones fintas que bailan con y para lo infinito.
Cuidado entonces de confundir las vivencias morales con algún apego dogmático religioso. La necesidad de la apariencia que conlleva la afirmación de la ‹distancia artística› se expresa en una necesidad ontológica: “necesitamos todo arte insolente, fluctuante, bailarín, burlón, infantil, y bienaventurado, para no quedar privados de aquella libertad sobre las cosas que exige nuestro ideal de nosotros mismos” (Ibíd.). Una “preparación del intelecto para su ‹futura objetividad›”
¿Se ha entendido como esta ‹futura objetividad› constituye la ciencia? En donde habría que “descubrir tanto al héroe como al loco que se esconde bajo nuestra pasión por el conocimiento”, al aforismo trágico del ser.8
Por eso es que -no lejos de esto- dice Foucault respecto a la genealogía:
“[…] no es en absoluto una adquisición, un saber que se acumula y se solidifica; es más bien un conjunto de pliegues, de fisuras, de capas heterogéneas que lo hacen inestable y, desde el interior o por debajo, amenazan al frágil heredero”.9
Así también la tradición se le mira, sin ninguna reserva. No hay un ocultismo esperando, el saber se devela. La jovialidad lleva consigo, como ese frágil heredero, en el nombrar, la posibilidad de una ilustración. Una vez desatados los pesos y malentendidos de la esencia, la incorporación de la distancia, y la reivindicación de la apariencia: así que de cerca respiran esos griegos “superficiales –por su profundidad”.
Citas y bibliografía.
1. Véase, Nietzsche, Friedrich, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Obras Completas, vol. I, Ediciones Prestigio, Buenos Aires 1970, pp. 543-556.
2. Ibíd., pág., 546.
3. Ibíd., pág., 549
4. El subrayado es mío. A partir de ahora cito para La ciencia jovial de F. Nietzsche, la edición de Editorial Colofón, traducción de Germán Cano, México, 2001.
5. Véase, Sloterdijk, Peter, El pensador en escena, Traducción de Germán Cano, Editorial Pre-textos, Valencia, 2000, pág., 22.
6. Ídem., Para quien esta es la particular reivindicación de la ilustración llevada a cabo por Nietzsche.
7. Sófocles, Edipo Rey, Pehuen editores, Colombia, 2001, pág., 37.
8. Véase, Cacciari, Massimo, “Aforismo, tragedia, lírica” en Perspectivas Nietzscheanas, núm., 3, 1994, pp. 9-34. Los aforismo sugiere Cacciari, no son metáforas sino propiamente definiciones distinguidas en el ámbito de lo jovial.
9. Foucault, Michael, Nietzsche, la genealogía, la historia. Valencia: Editorial Pre-textos, 1997, pág., 5.
















